Saturday, 27 November 2010

JUAN KROHN HABLA SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS - II PARTE


Auto de fe en mi celda (misterio del fuego en nuestra historia y el Valle de los Caídos)

27.11.10 | 16:24. Archivado en La Ley (funesta) de la Memoria historica, El Valle de los Caídos, Santo Lugar de la Memoria Heroica
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Memoria y Honor. Las dos ideas centrales que presidieron los trabajos de construcción del conjunto monumental del Valle de los Caídos desde sus inicios tal y como de desprende del decreto ley de su fundacion del 23 de agosto del 57. Y del que se deduce que contra todo aquello de lo que viene queriéndonos persuadir desde diversos sectores en los últimos tiempos el aspecto de culto, propiamente eclesiástico, fue secundario en la fundación y apertura del grandiosos monumento.

"Destinado a perpetuar la memoria de los caídos en la Cruzada de Liberación para honra de quienes dieron su vida por Dios" Punto. No es óbice que la fundación arrastra también de entonces un sello canónico igualmente innegable que contribuye no poco a ese embrollo jurídico que ofrecen de entrada los estudios o análisis por someros que sean de la natura y contenido exacto del estatuo que la rige.

Frente a lo cual se presenta la alternativa de los que abogan por su desacralización (sic), de paso previo a su desmantelamiento (y "dinamitación")- y en la acera de en frente, los que optan a modo de contrapuesta por el refuerzo del carácter eclesiástico y religioso del sitio que le da su condición de basílica (pontificia) Y el desentrañar el nudo gordiano que se nos presenta a los que no estamos de acuerdo ni con una ni con otra alternativa no es tarea fácil, lo reconozco.

Pero no se me ocurre mas salida que el seguir -hasta el final- el camino de vuelta a los orígenes del monumento, a modo de exorcismo a las amenazas que sobre él proyecta la ley funesta de la memoria. Recogiendo así el guante del desafío que esconde su flagrante carácter de contrafuero, de ley encismante, guerracivilista, inicua y contraria a derecho, se coja por donde se coja.

En mi entrada de ayer contaba el gesto que tuve dentro de mi celda en el fondo de la cárcel portuguesa -hace ya tanto- diciendo misa (de san Pío V) por última vez en mi vida que habrá causado aquí tal vez cierto revuelo o desasosiego en alguno de mis lectores y lectoras, de un perfil en lo que mentalidades se refiere más o menos circunscrito y determinado (y fácilmente imaginable)

El fuego mete miedo y arma solivianto aunque sea en la forma tan inocua -y simbólica- del que mi gesto aquel se revestiría. "A los españoles -le oí una vez a uno de mis profesores, un sacerdote francés (un tanto original...) en una de las clases que se nos impartían en el seminario de Ecône- les das una cerilla y te prenden fuego al instante lo que sea" (...) Y Onésimo Redondo hablaba de "la tea incendiaria" que surcaba la historia de las agitaciones campesinas en suelo de la península desde las honduras del siglo XIX , que atribuía a un fondo semítico/berebere inseparable del sustrato demográfico primitivo de los habitantes de la península.

Sin ir tan lejos (hasta los tiempos prehistóricos perdidos en la noche de los tiempos) cabe fácilmente admitir que el misterio del fuego es inseparable de la historia de España y se perpetua a través de los siglos firmemente anclado en el arcano profundo de nuestra memoria colectiva. En estrecha relación sobre todo con ese capítulo tan esencial de nuestro pasado histórico que representa la Reconquista.

La pena del fuego -una verdad enterrada en el subconsciente colectivo de los españoles- fue algo que importaron las invasiones árabes (musulmanas) en la península. Y el que acabara viéndose asumida por los cristianos españoles -en lo que se dio en llamar "la España de los cinco reinos"- ilustra a las claras ese fenómeno de mimetismo inseparable de las grandes confrontaciones históricas, como el que protagonizaron el protestantismo y el catolicismo en el suelo europeo el comunismo soviético y los nazifascismos en la historia del siglo XX.

El fuego (purificador) es indisociable en la memoria colectiva de los países occidentales de la Inquisición católica anti-protestante de la España católica de la Contrarreforma y de los Tercios de Flandes. Acabaría no obstante perpetuándose en la memoria de los pueblos protestantes también y resurgiendo sorpresivamente en el Ku-Klux-Klan nacido en medios de lo mas sectarios y extremistas del protestantismo de cuño anglosajón en los estados del Sur de Norteamérica y entre los vencidos de la guerra de Sucesión (de sudistas contra nordistas) Hasta el punto que desde un punto de vista exclusivamente ceremonial las analogías no pueden ser mas curiosas y sorprendentes a veces; para aquellos españoles al menos con la memoria mínimamente despierta aunque sea, de aquel periodo y de aquel capitulo de nuestra historia.

El fuego destruye y a la vez purifica. Y el hilo conductor o la linea meridiana entre lo uno y lo otro se impone si queremos preservar intacto -rindiéndole homenaje- tan agusto misterio de la historia y de la naturaleza. Sin destruir demasiado ni purificar demasiado tampoco. Un equilibrio difícil en ciertas fases o encrucijadas históricas mas que en otras, lo reconozco. Los autos de fe de la Contrarreforma de lo tiempos del Imperio llevaban impreso un carácter sacramental de catarsis purificadora y ejemplar y a la vez reconciliadora que recuperarían y harían suyo los totalitarismos modernos del siglo XX.

Y frente a la realidad tan insoslayable de un pasado tan paradigmático como el que arrastramos los españoles que tanto nos abruma por veces no cabe mas que una doble alternativa: o el sumirlo plenamente de con animo y brío -y sin pensarlo (ya) más veces- o el tirarlo claramente por la borda de la execración y de la culpabilización colectiva.

Diabolizarlo, en otros términos -como hacen algunos hispanistas allende los Pirineos- o si no, tratar de extraer del mismo en cambio sus claves mas preciosas, de prendas de futuro. Quemé la hostia consagrada a posta dentro de mi celda para verme libre para siempre -como así fue- de una vieja disciplina interna y externa, reato de todo un caparazón de preconceptos de natura teológica (e ideológica) que arrastraba de antiguo de mi educación y de mi trayectoria y que estallaron en añicos en mi mente -sin tocarla ni dañarla- tras mi detención en Fátima como aquí ya lo tengo señalado.

Sin dejar de ser yo mismo, y sin sentimiento alguno de traicionar a nadie ni de renegar de lo que fuera. Y en la tesitura por la que atraviesa el Valle de los Caídos en las días que corren la mente despejada -libre de preconceptos, de complejos y de prejuicios- es requisito indispensable, se me antoja, a la hora de hacer frente a los desafíos que se nos presentan. Frente a la gran amenaza, sobre todo, agazapada tras los propósitos declarados de algunos de desacralizar aquel alto/lugar de la memoria.

En el País de hoy viene un articulo sobre el tema del escritor Antonio Muñoz Molina que me sorprende por su radicalismo y su tono sectario, lo confieso. Estaba acostumbrado a leerle -de cuando en cuando-y hasta habré aquí glosado algunos de sus artículos e incluso su último libro a la gloria de Negrín pero la idea de santuario civil que propone...comparando (odiosamente) el Valle con la Escuela Mecánica de la Armada en Argentina no se tiene en pie por lo sectaria y guerracivilista.

Y sobre todo, yo diría, porque no consigue conjurar en modo alguno la amenaza que hacen pesar sobre el recinto los designios claramente incendiarios e iconoclastas de algunos (a base de fuego y de dinamita) Tal y como se habrán hecho oír incluso en la cámara de diputados.

¿Qué hacer del Valle? ¿Qué hacer? Sin mas aditamentos: el dilema que la movida que se tiene montada la ley funesta plantea al conjunto de la sociedad española. Recordar u olvidar. Y a fe mía que encontrar el camino justo de la Memoria selectiva -que no penalize injustamente ni discrimine- y del Olvido absoluto (y liberador) sin amnesias traumáticas no es tarea fácil. Y la senda nos la marca sin duda los dos faros potentes que señale al comienzo de mi entrada. El Honor y la Memoria.

Olvidar en lo que quepa y en lo que se pueda y recordar y perpetuar en la Memoria también todo lo que se pueda. En la medida que lo exija y lo permita el honor de la nación entera. Pero lo urgente a mi juicio es el despoletar con vías a su abrogación definitiva la ley funesta de la Memoria. El estatuto del Valle -y su secularización- vendría mas tarde. Entre tanto no veo como se impedirá que aquel santo lugar de la memoria siga siendo campo de batalla los tiempos que se avecinan.

Y tal vez que sea mejor así, que la guerra de memorias se libre en su espacio propio memorialista y que no que acabe abrasando y encendiendo la convivencia y a la sociedad española todo entera. Una lucha (a muerte) de dos memoria antagónicas. Y entre medias lo que di en llamar una memoria irredenta. La que dejan traslucir los actuales ocupantes o pobladores del aquel recinto. Seglares como eclesiásticos. Para los que los bombardeos de la aviación nacional -en zona roja- viene a ser cortada perfecta a lo que parece que les permite el seguir lamiéndose sus heridas. Con su pan se lo coman.

Pero yo no puedo impedirme de recordar en la memoria a mi tío abuelo José Manuel Krohn, republicano (y liberal) -de Izquierda Republicana- de buen corazón y alma de poeta...y manos limpias, antes y después de la guerra. Testigo de uno de aquellos bombardeos que perpetuó en uno de sus mas sentidos poemas.

Que cuando me detuvieron en Fátima se enfrentó valientemente -ya de edad muy avanzada- a una nube de periodistas que le asediaban defendiéndome a capa y espada . A mí e implícitamente a mis ideas. Con lo cual se vería redimido para siempre en mi memoria. El y su memoria (personal) de la guerra civil española.

Muñoz-Molina viene a hacerse eco ahora de la propuesta del historiador inglés Anthony Bevor, de "un pacto del recuerdo". Y la idea no sea tal vez despreciable si se la la poda de esa parcialidad congénita que arrastran fatalmente la mayor parte de los autores anglosajones tan proclives a meter la nariz en una guerra civil entre españoles sin que nadie les diera vela en nuestro entierro. Tal y como se refleja en la obra tan difundida en el autor del autor mas arriba nombrado, importante y voluminosa y a la vez teñida innegablemente de parcialidad ideológica (como lo habrá notado acertadamente Pío Moa)

Un pacto en el recuerdo que suceda y remplace definitivamente a aquel otro pacto de amnesia de la transición (de nuestras culpas y pecados) Tras el conjuro definitivo -únicamente- de las amenazas y de los designios iconoclastas. Lo que pasa fatalmente por la abrogación definitiva de la Ley funesta de la Memoria.


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